Joan Pou supo desde muy joven, aún lo es, que la mecánica iba a ser su futuro profesional y, aunque sus padres tienen un negocio familiar, no estaba dispuesto a seguir la tradición familiar, algo que a sus padres no les importa en lo más mínimo. Nos cuenta que su afición le llegó desde muy pequeño cuando recuerda que se escapaba al taller mecánico que tiene su tío Agustín cerca del negocio de sus padres.

Allí empezó su afición por la mecánica, primero haciendo pequeñas cosas y luego metiéndose más en faena, siempre tutelado por tío, que fue el que le introdujo en el mundo de la mecánica y en concreto en la reparación de chapa.

Escuchándolo hablar no hay duda de que ha escogido la profesión que le gusta; una vez que terminó la enseñanza primaria y con una buena base de lo que había aprendido en el taller de su tío, decidió estudiar un grado medio de Formación Profesional enfocado al mundo de la carrocería.

coche clasicoFOTO: BOTA

Después, y no contento con todo lo que había aprendido allí, decidió dar un paso más y cogió la maleta y se fue a Alemania, donde continuó su preparación para llegar a ser un buen carrocero.

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De regreso a la Isla, entró a trabajar con su tío Agustín en el taller que tiene en propiedad en la localidad de Porreres. Pero si su tío le inculcó la pasión por la mecánica, su padre lo hizo por los clásicos. Pep, que así se llama su padre, ha sido desde siempre un gran amante de los coches clásicos y a lo largo de los años ha conseguido hacerse con algunos modelos bastante interesantes, la mayoría relacionados con la marca francesa Citroën, que es su gran pasión.

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Pero también ha restaurado otros vehículos, como este Volkswagen Escarabajo de 1970 que nos muestra Joan y que asegura que le entusiasma bastante. El coche lo compró la familia en 1987 en Santa Margarita, de una forma un tanto peculiar, ya que iba toda la familia a pasar un día de playa a Can Picafort cuando lo vieron y decidieron comprarlo.

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Nos cuenta que estaba muy mal en todos los sentidos y hubo que hacer mucho trabajo de chapa y de casi todo, pues el coche estaba medio abandonado y muy poco cuidado. Fue su padre, Pep, con la ayuda de su cuñado, el que llevó el peso de la restauración hasta dejarlo en condiciones para que la familia pudiera utilizarlo. Ahora Joan lo conduce de vez en cuando, aunque tiene un 2CV que también le apasiona.

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Ahora que padre e hijo comparten la misma pasión y que ambos pueden dedicar tiempo libre a restaurar nuevos coches, tienen en marcha algunos proyectos que verán la luz en los próximos meses y donde los dos pueden aportar su granito de arena para enriquecer su pequeña colección que, aunque modesta, no deja de tener su encanto. Desde luego, por falta de pasión no lo van a dejar, ya que buscan constantemente nuevo retos y los que tienen previsto poner en marcha son para hacer historia.

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