Un trocito de Mallorca en Madrid tiene fecha de caducidad. «Claro que me da pena cerrar. Y no es porque vaya mal, aunque las expectativas eran mejores. Es por un tema de salud. Son demasiadas horas en un negocio pequeño con poco apoyo exterior». Así explica Paco Castaño, de 60 años, hijo de campanera y bunyolí, por qué ha colgado el cartel de ‘liquidación’ en Mariorca, el restaurante, cafetería y tienda de productos isleños de Madrid, un negocio inaugurado en julio de 2015 en la calle Corazón de María.

El 27 de julio será el último día en que los madrileños podrán disfrutar de las ensaimadas, sopes y pa moreno de Can Pomar, la sobrassada de Can Not y Silvia de Porreres, el café Bay de Llorent, las herbes Dos Perellons, Vi Rei de Llucmajor o 7103 Petit Celler de Santa Maria, o el granizado de almendra Colonette de Binissalem. Las cervezas Sullerica y de Cas Cerveser de Galilea –de las que ya no le quedan– también han tenido su público. «El granizado ha triunfado», asegura el empresario.

«Es una pena tener que cerrar, pero la salud manda», reconoce Castaño, hijo de Isabel Fernández Mas, de Campos, que falleció el mayo pasado. «He ofrecido atención y calidad. Los productos baleares han sido siempre de primer nivel», apunta. «Lo mejor de estos cuatro años ha sido ver la cara de alegría de los mallorquines que viven en Madrid cuando entraban en Mariorca. Me decían ‘se me ponen los pelos de punta’ tras comprobar los productos de primera calidad que teníamos aquí», declara.

Se siente feliz por haber enseñado a la gente de la capital que en las Islas no solo hay herbes, ensaimada, pomada, sobrassada y queso mahonés. Lo peor para él, «el poco apoyo de las instituciones y el problema del coste de la insularidad».

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